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La Moda Romántica

El Museo del Romanticismo inaugura una muestra sobre los usos sociales de la moda en el siglo XIX.
27
de octubre de 2016
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El Museo del Romanticismo presenta la exposición temporal La Moda Romántica, que podrá visitarse hasta el 5 de marzo de 2017 en la sede del museo. En ella se exhiben un total de 22 modelos femeninos y masculinos en diálogo con el contexto de las salas del museo, como recreación del ambiente de la época.


La moda es uno de los fenómenos sociales más interesantes del siglo XIX. En este siglo, triunfan los primeros grandes sastres con firma propia, aparecen las revistas de moda, y damas y caballeros sucumben a los cambios de temporada y a sus nuevas tendencias.

La exposición destaca uno de los aspectos de este gran fenómeno, el de los usos sociales del traje a lo largo del período romántico, y presenta, asimismo, la evolución que se produce en el traje desde comienzos de siglo y a lo largo del reinado de Isabel II.

En la muestra, podrán contemplarse fracs, levitas y chalecos de caballero, trajes femeninos de paseo, goyescos, de baile o de novia, y algunos modelos infantiles, que ofrecen una visión global de los usos sociales de la moda en el siglo XIX.

A lo largo de las décadas, la silueta femenina sufre espectaculares transformaciones, desde el traje imperio, fruto del furor neoclásico de inicios de siglo, hasta las voluminosas faldas de los años 60, ahuecadas con crinolinas, pasando por la austeridad de la década de 1840 o el desarrollo del busto y las mangas de los años 30. Por el contrario, el traje masculino permanece, sin embargo, casi inmutable durante toda la centuria.

La moda, en el siglo XIX
La nueva sociedad que se dibuja en el siglo XIX acogerá la moda como uno de sus principales medios de comunicación y exponente fundamental de su modo de vida. Así pues, esta exposición propone un viaje en el tiempo, al presentar estos 22 modelos en los espacios en los que fueron vividos.

La Revolución Francesa desmonta la jerarquía social tradicional y da paso a una nueva y rica burguesía, que se convierte en referente central del panorama de la moda y cliente de la Alta Costura.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX se dan varias circunstancias que permiten a un segmento más amplio de la población poder disfrutar de las últimas tendencias.

La aparición de los grandes almacenes en la década de 1850 contribuye a esta revolucionaria expansión, permitiendo a los nuevos clientes acceder a mayor variedad de mercancías y a precios más razonables.

Además, acontecimientos como las Exposiciones Internacionales o el desarrollo del transporte con el ferrocarril y los barcos de vapor, propician el auge del comercio internacional.

Las revistas de moda prosperan rápidamente en Europa y Estados Unidos. La moda interesa a todo el mundo, y estas publicaciones ayudan a la globalización de los gustos y tendencias.

La moda romántica en España supone un punto de inflexión en la historia del traje. Se acentúan los signos diferenciadores de género: atuendo sobrio y funcional para el hombre, e hiperdecorativo y paralizante para la mujer. El teatro y los espectáculos influyen notablemente en la configuración de los ideales de belleza y elegancia.

La moda del siglo XIX destaca también por el uso de la etiqueta en el vestir según cada ocasión y según las reglas sociales establecidas. Con la moda romántica, el traje asistimos a la apoteosis de la apariencia, y al paso definitivo hacia el vestir contemporáneo.

En el siglo XIX la moda internacional tenía su epicentro en Paris y a mediados de la década de 1830, con la llegada de las revistas de moda, se extienden los gustos y tendencias de París a Nueva York, Londres, Roma o Berlín.

El estilo romántico empieza a definirse alrededor de 1822, con la transformación de la silueta femenina. Desciende gradualmente la línea del talle a su posición natural y las mangas se ensanchan. La silueta femenina romántica por excelencia deriva del empleo del corsé y la crinolina, que a modo de armazón constriñeron la cintura y ahuecaron la falda contribuyendo a conferir un perfil acampanado a la mujer, incrementando la sensación de esbeltez de su silueta.

Con el desarrollo industrial textil y la incorporación de los nuevos colores, se amplía el repertorio decorativo de los tejidos “a la moda” empleados para trajes, incluyendo bellísimos estampados florales.

En los sesenta se opera un cambio importante, la falda se desinfla en el frente, y los lados comienzan a contraerse, desplazando el volumen a la parte posterior, lo cual constituye el paso previo para la llegada del polisón.

El traje masculino se convierte en una manifestación de las opiniones políticas y literarias, y aparece el fenómeno sociológico denominado dandismo que revindica la individualidad a través del vestido. El pantalón y el frac, incorporados al traje masculino a finales del siglo XVIII, se convierten en la indumentaria masculina del XIX. Los chalecos cobran gran importancia, pues son la única prenda que concentra el color y la fantasía, motivo por el cual el frac y la chaqueta se lucían abiertas.

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